Cabeza de Cera (I)

En el año 2004 se publicó este artículo, escrito en primera persona, en el ABC sobre el origen del Museo de Cera de Madrid:

Recorrí medio mundo en busca de algún negocio fructífero que fuese haciendo realidad uno a unos loa ambiciosos sueños de juventud que surcaban mi cerebro y ahora me sentía carente de ocurrencias.

Aquel torrente desbordado de ideas se estaba evaporando con el paso de los años y no sabía como erradicar la sequía.

No me había ido mal. En realidad podría dedicarme desde ese momento a conservar todo lo obtenido y a vivir de las rentas. Pero.. algo en mi interior chillaba disconformidad.

¡Has creado tu propia empresa de la nada y justo ahora piensas en abandonar! ¿Dónde está el José María Izquierdo avispado? ¿Aquél que no se achantaba ante nada? ¿Aquel osado que se fiaba de sus instintos y acertaba? ¡No te relajes! Algo grande está a punto de cruzar frente a ti y has de estar ojo avizor para cazarlo al vuelo.

La voz de mi conciencia comenzaba a impacientarme, sentado en un tú y yo tapizado en terciopelo rojo, observaba desde un rincón discreto de Mitzou, mi casa de modas de la calle Serrano, como las dos protagonistas de la última película americana que estaban rodando en Toledo se probaban los ciento y un modelos que pendían de las perchas sin decidirse por ninguno en especial.

Katy Ussia, que trabajaba conmigo como la mejor adiestrada para el complicado   quehacer de dirigir las voluntades más caprichosas se deshacía en halagos con una fingida sonrisa mientras recogía con estoicismo todas las prendas que Lili Palmer y Christine Kaufmann iban esparciendo por la alfombra del suelo. Capté su mirada fugaz hacia el lugar en el que me encontraba y su desesperación se empezó a hacer evidente al saber que la observaba. Decidí ayudarla en el momento en el que las dos clientas descorrieron de nuevo las cortinas.

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Lili Palmer

Enfundadas en sendos vestidos de noche, se miraron al gigantesco espejo como si no existiese en el mundo nadie más que ellas. Las lentejuelas que los adornaban destellaron en el reflejo.

Me acerqué a ellas y las besé la mano presentándome como el dueño de la tienda. katy respiró más tranquila al contar con refuerzos. Ellas me sonrieron y yo proseguí con el juego.

No habrían pasado ni diez minutos cuando salí junto a ellas, cargado con cuatro bolsas rumbo Casa Botín para invitarlas a almorzar. Después las acompañaría al rodaje.

Corría por aquel entonces el año 1971 y en España estaba de moda ambientar las superproducciones de Hollywood. “Los Crímenes de la calle Morgue”, basada en la novela de Edgar Allan Poe, era una de tantas. En cuanto estuve solo me detuve a observar en silencio a todo aquel frenético gentío. Los actores releían el guión mientras que estilistas, peluqueros y maquilladores se esmeraban en su cometido.

Me llamó la atención un hombre que retocaba el peinado de la cabeza de cera que tenía sobre la mesa de su improvisado y macabro camerino. Taladraba con la mirada al actor que se encontraba enfrente para perfeccionar la réplica del rostro que modelaba. Yo solo alcanzaba a observar la nuca del muñeco y no me atreví a importunarle aunque la curiosidad me tentaba.

Las órdenes del director que empezaron a oír entre la multitud y repentinamente aquel desorden aparente se detuvo. Sonó la claqueta y la cámara comenzó a grabar. Se trataba del hallazgo de un cadáver aparentemente estrangulado. El protagonista del macabro suceso casi irreconocible por los golpes yacía tumbado inerte. La sorpresa de una decapitación inesperada se dio en cuanto su descubridor la movió y la cabeza de cera salió rodando ensangrentada por el suelo.

El objetivo siguió el rastro del despojo, hasta que por caprichos del destino topó con mis pies.

Continuará….

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