EL DÍA QUE CONOCIMOS A MERCURIO, DIOS DEL COMERCIO: SALVADOR DALÍ

Por José María Izquierdo Pascual

En Agosto de 1971 estábamos inmersos en la creación y construcción del MUSEO DE CERA DE MADRID. Por lo menos 300 personas trabajaban al mismo tiempo: escultores, escayolistas, electricistas, tapiceros, pintores, decoradores, peluqueros, historiadores, figurinistas… No teníamos ninguna experiencia, todo hubo que inventarlo desde cero.

Javier Gordillo estaba a cargo de las relaciones públicas y gabinete de prensa. Un día vino Javier y me dijo:

-Tendríamos que contactar con Dalí, hay que ponerlo en el Museo.

Naturalmente yo estuve de acuerdo enseguida y al cabo de unos días volvió Javier y me dijo:

-Tengo noticias de Dalí, nos recibe el sábado a las tres de la tarde, pero tenemos que ir a su casa de Portlligat.

Llegamos después de un largo viaje en coche. Yo tenía por aquel entonces un Rolls Royce Silver Cloud negro y dorado, el modelo más bonito que ha hecho la Rolls. Lo aparcamos en la entrada de la casa frente a la puerta y a una gran ventana. Tocamos el timbre y nos recibió un criado vestido de librea:

-El Maestro les está esperando, nos dijo.

Entramos y enseguida vimos a Dalí. Estaba sentado en una especie de trono, vestido con una chilaba y unas babuchas morunas, tenía un cetro en una mano y bastón en la otra y nos dijo:

– ¿A quién le habéis robado ese coche? Porque vosotros no tenéis cara de ricos y además no lleváis corbata y los ricos de Madrid llevan todos corbata.

Contesté yo primero:

-El coche es mío, este es mi secretario y la corbata la tengo aquí.

Saqué una que llevaba en el bolsillo y dije:

-No me la he puesto porque hace demasiado calor.

Me miró de nuevo y dijo:

-De todos modos, el coche no es vuestro.

Y dirigiéndose al criado, le ordenó:

-Traiga dos copas de champagne para estos señores.

Y antes de que se fuera, le recalcó:

-Pero de aquel barato, no del francés, porque estos son unos muertos de hambre y no vale la pena gastar mucho.

Yo tenía entonces 40 años pero aparentaba mucho menos y Javier tenía 27 años con lo que al lado de Dalí parecíamos unos niños. No sabíamos qué hacer ni qué decir ante tal recibimiento, si dar media vuelta e irnos o seguirle la corriente a ver qué pasaba. En ese momento sonó el timbre de la puerta de entrada y Dalí me dijo:

-Vaya a abrir la puerta, que el criado ha ido a buscar el champagne.

Yo obedecí como un corderito y fui a abrir. Era una quinceañera bastante mona que me dijo que era una turista de California y quería saludar al maestro. Volví para decírselo y me contestó:

-Hágala pasar.

La chica entró y Dalí le tendió la mano con un anillo enorme para que se lo besara, como si fuera el mismísimo Papa, ella se arrodilló y casi llorando le besó la mano. Volvió el criado y nos invitó a pasar a otro salón donde nos dio las copas de cava que nos había prometido y nos sentamos a esperar a que Dalí terminara con la turista.

Vino enseguida y se sentó junto a nosotros. Tenía las manos sucias, la uñas negras, parecía que había dormido vestido con su chilaba. No creo que la hubiera lavado nunca, estaba como en el Limbo.

Entonces habló:

-Bueno, ¿qué queréis? ¿Para qué habéis venido a ver “al Dalí”?

Yo empecé a explicarle que estábamos haciendo el Museo de cera de Madrid y queríamos su autorización para hacer su figura y exponerla al lado de los grandes pintores como Velázquez, Goya, El Greco o Picasso. Entonces, me interrumpió y Rolando las erres como si tuviera una patata en la boca, me dijo:

-Eso que estáis haciendo es una mierda y ese Museo, mejor que no lo hagáis porque perderéis todo el dinero y tendréis que cerrar antes de seis meses y no lo verá nadie…. es una porrrrquería.

En este punto, yo ya no sabía qué hacer ni qué decir, a Javier tampoco se le ocurría nada, así que tímidamente le dije:

-Pero Maestro, si estamos haciendo una maravilla, tenemos el mejor equipo de producción de cine que existe hoy en el mundo trabajando para nosotros, como una película de Hollywood, ¿por qué iba a salir mal?

Dio un golpe en el suelo con el bastón y gritó:

-Porque lo dice ¡el Dalí! ¡Qué es el Dios del Mercurio!

Los ojos se le saltaban de las órbitas y los bigotes parecían que se ponían más rígidos y apuntaban al cielo.

Entonces Javier le dijo:

-Por qué no lo piensa un poco y si usted quiere, nosotros volvemos la próxima semana y nos contesta. En el Museo de cera de Madrid no puede faltar la figura del Maestro, quedaría incompleto.

Nos levantamos y nos despedimos. El criado nos acompañó a la puerta. La turista ya no estaba…

Las obras del Museo seguían avanzando, estábamos trabajando en las figuras de la Selección Española de fútbol que había ganado la Copa de Europa. A cada jugador se le hacía una mascarilla de su cara, que consistía en aplicarle una pasta de escayola cubriéndole todo el rostro para hacer un molde para luego poder hacer el vaciado en cera y obtener la figura. Muchos se ponían muy nerviosos y no lo aguantaban, era un proceso complicado, tenían que estar muy quietos durante quince minutos hasta que la pasta se endureciera y respirar por unos pequeños orificios a la altura de la nariz. No es una experiencia agradable. Yo lo hice el primero para dar ejemplo y creí que me ahogaba. Sin embargo, otros como Manolo Escobar o Miguel Induráin se durmieron y tuvimos que despertarlos para sacarles la mascarilla.

Había trabajadores por todas partes, construyendo los decorados, esculpiendo las figuras, pintando los forillos, todos a la vez al estilo de una superproducción de cine Americano. Era jueves y Javier me dijo:

-Que, ¿te animas a volver a ver a Dalí? ¿O abandonamos?

Podíamos ir mañana de nuevo a ver que nos dice esta vez.
Me quedé pensando. La idea de ir a recibir insultos no me divertía lo más mínimo pero Dalí era un personaje importante y si conseguíamos que aceptara sería muy bueno para el Museo. La publicidad sería enorme y nos ayudaría en la inauguración.

Finalmente le dije a Javier:

-Vale, vamos y que sea lo el Dios del Merrrcurio quiera.

Llegamos a las tres en punto. Aparcamos el Rolls delante de la puerta de entrada para que lo viera y tocamos el timbre, resignados a recibir el chaparrón que quisiera el Maestro. Íbamos vestidos de verano, con un pantalón y una camisa simplemente. Hacía mucho calor.

El criado nos condujo a la piscina donde estaba Dalí acompañado de un señor. No lo recuerdo bien pero creo que era su abogado y agente.

Se puso muy contento de vernos y le ordenó al criado que trajera cava para refrescarnos.

-Tengo una gran ideaaaa, que les voy a proponerrr – nos dijo mientras se sentaba en una de esas sillas de mimbre hawaianas que tienen una peineta en el respaldo.

Nosotros estábamos de pie, al borde de la piscina escuchándole.

-Dígame Maestro, ¿qué es? Dije yo.

-Mire, ustedes deben olvidarse de la idea esa del Museo que quieren hacerrr…Paren todas las obras y paren de gastar dinero que no van a recuperar nunca…y hagan lo que yo les diga…
un MUSEO DALÍ. Solo me tiene que dar dos millones pesetas y yo les doy el permiso para poner mi nombre, MUSEO DALÍ.

Yo me quedé estupefacto, no sabía que decir y ya al final le pregunté:

-Y ¿de qué sería ese museo?

– Ahh!!! Ahí está la gran idea de Gran Dalí. Tienen que comprar un terreno grande, de unos 25000 metros cuadrados, para poder hacer un parking para 500 coches además del museo. En una carretera cerca de Barcelona, como por ejemplo en los Monegros.
Eso lo podrían ustedes comprar con poco dinero, allí no vale nada. Luego se ponen grandes carteles de Coca Cola, KFC y demás cosas de comer para los que van en carretera.

-Si Maestro, pero el museo ¿de qué es?

-El Museo del Dalí!!!! – Respondió – Hacéis un gran agujero en el suelo como si fuera un pozo de agua y dentro se pone un magnetófono, eso no cuesta nada, y se oyen gemidos y mujeres llorando Ay! Ay!, y gritos desesperados y arriba un cartel:
“Las ánimas del purgatorio”….Más lejos entre árboles, y encima de uno de ellos, un piano de cola que toca música clásica, automático. Y un letrero “El concierto de Dalí”.
Luego una gran Cuchara como de diez metros de alto….”La santa cena de Dalí”.

Me miró y me preguntó:

-¿Qué le parece? ¡Todo el mundo se parará a ver el Museo Dalí y con muy poco dinero hará un negocio formidable! Bueno hay que poner más cosas, pero todo barato…

Le miramos sin saber que decir, la verdad es que era realmente genial, una cosa así atraería a muchísima gente, pero yo tenía que acabar el Museo de cera de Madrid y en aquel momento no podía pensar en nada más.

-Maestro, le dije, me parce una idea genial….pero para el año que viene, ahora tengo que hacer el Museo de cera y usted tiene que estar dentro.

Me miró fijamente, sus bigotes antena se pusieron tiesos y me dijo:

– DOS MILLONES DE PESETAS!!!

Otra vez dos millones, pensé ¿pero qué le pasa a este hombre con los dos millones? .

– Pero ahora no lo puedo hacer, el año que viene quizá – le susurré tímidamente.

– No, contestó, eso es lo que me tiene que dar para que yo le dé permiso de ponerme en Madrid, y así no cerrará enseguida porque el Dios Mercurio le traerá Buena suerte…

-Maestro, no hemos pagado a nadie, todo el mundo está orgulloso que lo pongamos en el Museo, hay gente muy importante, escritores, cantantes, políticos, toreros… hasta el Papa nos ha enviado una foto. No puedo pagarle solo a usted.

– Entonces, tendrá que fracasar! Y cerrará antes de seis meses!!
Yo ya estaba cansado de escuchar las extravagancias que se le ocurrían a Dalí y nosotros no éramos capaces de contestar nada original. Entonces tuve una idea…y le dije:

-Señor Dalí. ¿Qué me cobraría por no ponerlo en el museo?

Dalí lo pensó un segundo y riéndose me dijo…

– 500000 pesetas.

– Bueno, déjenos volver a Madrid y consultarlo con la directiva. Le contactaremos la semana que viene.

– Muy bien. Pero le digo una cosa, si vuelven por aquí, tendrán que traer un regalo insólito para el Dalí!!! Y si no, no vuelvan!!! Adiós.

Nos despedimos y nos volvimos a Madrid. Una vez más, sin nada.

La construcción del museo seguía su curso y con toda rapidez, teníamos que hacer 350 figuras con su vestuario y maquillaje en solo seis meses. Y lo hicimos!

El asunto de Dalí seguía pendiente, y encima la pelota ahora estaba en nuestro tejado. No podíamos volver a visitarle, ni intentar convencerlo de que nos autorizara para inmortalizarlo en el museo sin antes pensar, buscar y encontrar ¡¡¡un regalo insólito para el Dalí!!!

Por aquel entonces, estaba de actualidad el acercamiento de EEUU con la China de Mao. La revista Vogue le había dedicado toda una edición hecha por Dalí. El Maestro había viajado a China para inspirarse, y Nixon le había concedido una entrevista.

Teníamos un colaborador en el Museo, Jose Mª Martín Sanz, cuya especialidad era imitar biombos de laca tipo coromandel. Era capaz de reproducirlos con tanta perfección que parecían autenticas antigüedades. Un día, me vino a ver para ofrecerme una miniatura de la “Santa cena “que todavía hoy se puede ver expuesta en una de las salas del museo. Hablando con él, se me ocurrió la idea de hacer un biombo chino tipo coromandel y en el que las figuras de los chinos representaran a Dalí, Gala, Mao y Nixon. Se lo encargué inmediatamente con el compromiso de que lo acabara en una semana. Y así lo hizo y quedó magnifico.

¡¡Ya teníamos el regalo insólito para el Dalí!!Ahora ya solo quedaba volver a la carga y aguantar el tipo en Portlligat.

Llegamos a casa de Dalí como siempre, un fin de semana y seguimos con la costumbre de aparcar el coche frente a su ventana para que nos viera llegar y esta vez llevábamos chófer uniformado para darle un aire más formal al encuentro.

El Maestro nos recibió nos recibió como siempre, en su trono y con
su misma chilaba.

-¡AH! -dijo- ¡Ya estáis aquí de Nuevo!

-Sí, Maestro y le traemos el regalo insólito que nos pidió.

-A ver que traéis….seguro que alguna mierda…

-No, Maestro seguro que le gustará…

El chófer se acercó entonces con el biombo. No era muy grande, unos 90 cm de alto y de cuatro hojas. Lo traía envuelto en una de esas mantas grises de soldado que se usaban en las mudanzas para cubrir los muebles en los camiones, solían ser de una tela muy burda y ordinaria. El chófer empezó a desembalarlo quitándole la manta, cuando de repente Dalí empezó a gritar.

-¡Gala! ¡Gala! ¡¡Ven a ver lo que me han traído los madrileños!!Es fantástico, justo lo que yo quería!! Es maravillo, estoy encantado!!

Yo, ya empezaba a sonreír y ponía cara de triunfador. Javier sonreía de oreja a oreja. Lo habíamos conseguido, agradar a Dalí.
Ahora todo sería mucho más fácil.

Pero ante nuestro asombro, Dalí cogió la manta de soldado y se la puso por encima de los hombros y comenzó a andar por la habitación como si fuera un modelo. Saltaba y gritaba.

-¡Gala! ¡Gala! Me voy a hacer un abrigo precioso ¡que regalo más bonito! Muchas gracias, me gusta mucho, nos decía.

Pero nosotros estábamos petrificados de nuevo y sin saber qué hacer.

Por fin llegó Gala, y yo empecé a balbucear:

-Maestro, el regalo es el biombo chino….mírelo…tiene sus caras , la de Mao, la de Nixon…

Dalí llamo entonces al su criado y le ordenó:

-Tire esas maderas a la basura y guárdeme esta tela en mi armario.

Gala lo interrumpió:

-¡Qué dice este maricón?¿ que ha puesto mi cara en el biombo?
¡Con que permiso! ¡cómo se atreve!

Y gritándole enfurecida al criado dijo:

-Tráigame ahora mismo unas tenazas y un martillo! Pero que se han creído estos tíos, ¿para qué vienen aquí? MARICONES!!!

Y entonces mirando a Dalí añadió:

– Estos son tus nuevos amiguitos… que se vayan…¿dónde está el martillo?

Dalí también parecía sorprendido pero nunca supimos si era una escena ensayada y que repetían cientos de veces en diversas ocasiones o era real, tenía mucho de comedia teatral….de todas maneras nosotros no sabíamos cómo reaccionar.

Al final, fui yo el que di el paso. Me enfadé y le dije a gala:

-Mire, el biombo es mío y usted no lo va romper. Lo haré yo mismo!

Le quite el martillo de las manos al criado dispuesto a romper el biombo en mil pedazos y acabar ya con toda aquella farsa, cuando Dalí me sujetó la mano y me dijo:

– Un momento, no se enfade, déjeme verlo antes y tu Gala, vete.

Entonces se agachó y miró el biombo con interés.

– Me gusta, me lo quedo, dijo por fin.

Yo estaba nerviosísimo, no podía más.

Entonces Dalí llamo al criado.

– Coja ese biombo y lléveselo.

El criado obedeció y cuando ya se alejaba preguntó:

-¿dónde lo pongo, Señor?

Y Dalí sentándose en su trono, contestó:

-Tírelo a la piscina…quedará precioso.

Entonces le interrumpí:

-No Maestro, no lo va tirar a la piscina, me lo llevo yo, a mí sí que me gusta.

– ¡No! contestó Dalí. ¡Me lo quedo! Póngalo en el fregadero.

Ya me rendí, y no volví a abrir la boca.

Entonces nos llevó hasta la terraza de su casa desde donde se veía el mar y antes nos hizo visitar el jardín donde había una enorme cruz de madera y un huevo del tamaño de un Seat 600 y otras locuras. Nos sentamos en un saloncito al aire libre y empezaron a llegar personajes que venían a verle. Hablamos de todo menos del Museo de cera. Al final de la tarde nos despedimos y así acaba la historia del Dios Mercurio, Salvador Dalí.

Un año después de la inauguración del Museo de Cera de Madrid, recibimos una carta de Dalí diciéndonos que estaría muy contento si le incluíamos en el Museo. Hicimos su figura sin él, solo con las fotos de archivo de la agencia EFE ….hoy sigue en la sala de los pintores junto a Picasso y Goya.

Jose María izquierdo-Pascual

Socio Fundador del Museo de Cera de Madrid.dali

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